14th
Se acerca el estallido final.
Con un digno rival y na inconmesurable afición, todo sabe mejor.
Eto’o aplaude a la afición del Athletic.
«¡Athleeeeeetic. Athleeeeeetic…!». Escuchar esa canción en el minuto 90 cuando el Barcelona gana por 1-4 es la forma más emocionante de perder. «¡Athleeeeeetic. Athleeeeeetic…!». El único club del mundo al que su afición no le exige ganar, sólo resistir. Conservar su tesoro: la esencia. Ayer, en la grada de Mestalla, ya no quedaba ninguno de aquellos viejos hinchas de 1902, de cuando el Athletic (el Vizcaya) recogió su primer título de Copa. Pero sí se escuchó su voz. La misma de los miles de gargantas unidas ayer en Valencia. La canción de los invencibles. «¡Athleeeeeetic. Athleeeeeetic…!». Entonada con ojos velados por las lágrimas. Con las banderas en alto. Mirando arriba y, a la vez, hacia dentro. Hacia lo que bombea.
Eso que resuena como un tambor rojiblanco desde hace más de un siglo: «¡Athleeeeeetic. Athleeeeeetic…!». Perdió el equipo. Triunfó su afición: la de los invencibles. A los jugadores del Barça, su gente le decía: «Campeones, Campeones». Pero no se escuchaba, Mestalla sólo cantaba: «Athletic, Athletic». Por eso, los vencedores, Pujol, Messi, Xavi y demás, se dirigieron al fondo sur, al lugar donde estaba la grada rojiblanca. Y les aplaudieron. Entonces, sí se oyó: «Campeones, campeones», en las gargantas del Athletic. Los invencibles hinchas rojiblancos premiaron al ganador. Honor al Barça. Orgullo de afición. No hay manera más elegante de caer. «Athletic, beti zurekin». Athletic siempre contigo. Así fue la sinfonía que despidió la final. Si en ese momento una gigantesca máquina de rayos X hubiera sacado una imagen de Mestalla, habría visto el alma del Athletic. Invencible.
Amorebieta, acuclillado, como Etxeberria y sus compañeros, lloraba. Pero más por su gente que por la derrota. La memoria te hace inmortal, y ningún rojiblanco olvidará la emoción de ayer.